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Radovljica, la ciudad medieval de la plaza rectangular

Extasiados con tanta belleza natural en días pasados de nuestro roadtrip por Eslovenia, teníamos claro que el sexto día lo íbamos a dedicar a hacer algo de turismo cultural en los alrededores del lago Bled. Sí, nos dejamos llevar por la recomendaciones de la ‘amiga Lonely‘, y decidimos visitar la pequeña y pintoresca localidad de Radovljica.

10 minutos de trayecto en coche desde Bled, por buena carretera, nos plantan en este pueblo de difícil pronunciación. Aparcamos en las ‘afueras’, en una zona donde no hay que abonar aparcamiento, pero en cuestión de 5 minutos caminando, nos plantamos en la entrada al casco histórico de Radovljica, que es su principal atractivo turístico.

Casco histórico medieval de Radovjlica
Una villa muy fotogénica

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Paseo por el extraordinario patrimonio monumental de la muy noble villa de Elorrio

La localidad de Elorrio, perdón, la muy leal y muy noble villa de Elorrio, fue fundada en 1356 por Don Tello, Señor de Vizcaya. Su fundación, muy cerca de la anteiglesia de San Agustín de Echevarría no fue fruto de la casualidad, más bien todo lo contrario, fue una fundación y establecimiento de población muy premeditado por los entonces mandamases de dicho histórico señorío. La razón principal para fundar la villa, como casi siempre, fue defensiva, ya que la zona gozaba de una ubicación estratégica para defender los límites del Señorío de Vizcaya de los constantes ataques e incursiones por parte de los bandos guipuzcoanos.

Con muchas idas y venidas, con grandes incendios y célebres batallas de por medio, Elorrio no sólo salvaguardó heróicamente estas tierras del este del señorío, sino que durante el periodo comprendido entre los siglos XVI y XVIII, creció hasta convertirse en una relevante y rica villa, donde sus paisanos, con las fortunas amasadas en negocios mercantiles con el Nuevo Mundo, fueron construyendo un montón de palacios y casas solariegas de gran relevancia.

Detalle del gran escudo que preside la fachada del palacio de Aldapebeitia

Escudo que preside la fachada del palacio barroco de Aldapebeitia, siglo XVII

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Ideas para conocer Jaca y alrededores en un fin de semana

Aquí os traigo la crónica fresca y recién horneada del último #Lonitrip realizado el pasado fin de semana por  tierras oscenses. Ha sido una escapada de tres días, de viernes a domingo, realizada en formato slowfamilytravel, en  la que con base de operaciones en Jaca, y sin plan de ir a esquiar, hemos aprovechado para visitar a fondo la capital de La Jacetania y algunos de los pueblos de montaña de la comarca, que se han ganado desde ya mismo un rinconcito en mi corazón viajero. Ha sido una escapada que nos ha servido para renovar la imagen que teníamos de Jaca, donde ya habíamos estado en numerosas ocasiones, la mayoría de las veces para ir a esquiar; hemos indagado en la cara más desconocida de Jaca, una bella localidad que va inevitablemente asociada a los deporte s de invierno y de montaña, pero que tiene, tanto ella como sus alrededores, mucho más que ofrecer. Como no podía ser de otra manera, también hemos disfrutado de la sugerente oferta gastronómica de tapas y pintxos que ofrece Jaca.

¿Qué, se os hace la boca agua y ardéis en deseos de saber más, ya sea por la prometedora introducción del plan de viaje o por el tema de los pintxos? Sea como fuere, y aunque no se os haga la boca agua, yo voy a hablar de mi libro contar de pé a pá nuestro #Lonitrip, así que quien quiera conocer los detalles de esta última escapada en formato historieta colaborativa 2.0, ¡que se suba y se agarre fuerte!

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5400 segundos en la ciudad colonial y heroica de Valladolid

Imaginaos que os dejan hora y media para visitar una ciudad. Sí, sí, hablo de 90 minutos, de los 5400 segundos que menciono en el título del post, ni una milésima más. Y no hablo de tener ese tiempo para visitar un pueblo de la comarca de la Maragatería, sino de la excelente ocasión de visitar una ciudad histórica de cerca de 50000 habitantes, muy lejos de tu tierra natal. Ah, y por cierto, no me refiero a la Valladolid que todos asociamos con el río Pisuerga, a Pucela de toda la vida, me refiero a la ciudad colonial de Valladolid, en la parte oriental de la Península de Yucatán, en México. ¿Cómo veis el tema del tiempo tan ajustado que tenemos para la visita, complicado no? Bueno, al menos ¡vamos a intentarlo!

Sí, es lo que tiene contratar excursiones turísticas en las que te llevan junto a un grupo de gente en una monovolumen (el anglicismo que utilizan es ‘van’), como a los borregos, a visitar los sitios más típicos habidos y por haber. Esas excursiones en las que acabas practicando la antítesis del ansiado slowtravel, el fasttravel que tanto deja que desear. Seguir leyendo

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Sidi Bou Said, festival blanquiazul en el Túnez más mediterráneo

Leído el título, más de uno habrá pensado que la Real Sociedad, los txuri-urdin, están de gira futbolística por el norte de África, y que encima están ganando partidos, y jugando bien. No, aunque es mi equipo de toda la vida, dudo mucho que les iría a ver hasta allí, a no ser que me pille de paso.

Lo de ‘festival blanquiazul’ viene porque Sidi Bou Said es el pueblo del blanco y del azul, del azul y del blanco, aunque de quedarme, me quedo con la primera opción, ya que tiene más autoridad el color blanco. Muchos pueblos pintorescos y con encanto tienen sus peculiaridades, algunas veces a nivel de arquitectura de las casas, escudos, calles empedradas…, y en este caso, lo característico de este pueblo son los colores de todos los edificios, que por misteriosa iniciativa, que luego se convirtió en ley obligatoria, del pintor y músico Barón d’Erlanger, fueron pintándose de estos dos colores a principios del siglo XX. Claro, con el pueblo así pintado, la ley o norma, para seguir con la estética,  dicta que todos los edificios de la localidad tienen que tener pintada la fachada completamente de blanco, y las puertas, ventanas, rejas y tejadillos, de color azul claro; ojo, del mismo tono de azul. ¿Quién dijo democracia cromática?

Esta característica especial ha convertido desde entonces a este pueblo, muy cercano a las ruinas de Cartago y a Túnez capital, en un enclave muy turístico, quizás demasiado, con prácticamente la totalidad de los negocios orientados a sacar los cuartos a los turistas, tanto los bares y restaurantes, como sobre todo, las tiendas de souvenirs, que las hay a cascoporro, para todos los gustos y colores. Alguno te vende hasta a su madre, y por supuesto, aquí también les gusta que regatees con los precios, forma parte del juego, aunque puede llegar un momento en el que si te pasas, se pueden ofender.

Souvenirs multicolor en Sidi Bou Said, en Túnez

Souvenirs multicolor en Sidi Bou Said, en Túnez

Las tiendas de souvenirs se suceden en Sidi Bou Said, en Túnez

Las tiendas de souvenirs se suceden en Sidi Bou Said, en Túnez

El crucero ‘Brisas del Mediterráneo’ de Pullmantur también toca tierras tunecinas, en concreto atraca en el puerto de La Goulette, y una de las excursiones posibles para ese día es una rápida visita a Sidi Bou Said. Nosotros lo visitamos por la tarde, y nos llevaron plácidamente en autobús hasta el punto donde comienza la empinada calle principal que remonta hasta la parte alta del pueblo. Tras informarme un poco, y para el que quiera realizar la excursión por su cuenta, comentar que hay tren desde La Goulette hasta el mismo Sidi Bou Said, es un tren de cercanías, barato, conocido como TGM.

Calle principal de subida a la parte vieja y alta de Sidi Bou Said

Calle principal de subida a la parte vieja y alta de Sidi Bou Said

El pueblo en sí no tiene grandes monumentos, tiene una mezquita y está la casa del barón de origen francés al que le dio el Siroco de pintar así las casas del pueblo. Por ello, la primera recomendación es callejear, y la segunda, seguir callejeando, perderse por callejuelas, cuestas, portales, arcos y terrazas de primer piso de tiendas de souvenirs. El festival blanquiazul en fachadas, puertas y ventanas, desde cualquier ángulo, no tiene fin.

Blanco, azul y ¡alfombras a la venta! en Sidi Bou Said

Blanco, azul y ¡alfombras a la venta! en Sidi Bou Said

Clásica estampa del ritmo de vida mediterráneo de Sidi Bou Said

Clásica estampa del ritmo de vida mediterráneo de Sidi Bou Said

Bancos azules y solitarios que invitan a sentarse en Sidi Bou Said

Bancos azules y solitarios que invitan a sentarse en Sidi Bou Said

Entre el blanco y el azul, tu mirada esquiva rostros de turistas a tutiplén, pero también de oriundos tunecinos, muy fotogénicos todos ellos, algunos parece que posan y todo, se ve que están acostumbrados al ajetreo de la marabunta turística.

Rostros curtidos al sol contrastan con las blancas paredes de Sidi Bou Said

Rostros curtidos al sol contrastan con las blancas paredes de Sidi Bou Said

Afecto y complicidad femenina en Sidi Bou Said, un momento que me sorprendió gratamente

Afecto y complicidad en Sidi Bou Said, momento que me sorprendió gratamente

Uno de los puntos típicos donde culminar la visita al pueblo, en plan relax, es en uno de los cafés que se sitúan sobre la balconada de casas blancas en el acantilado que cae hacia el Mediterráneo. Para ello, hay que subir hasta la parte alta del pueblo, 15-20 minutos por calles empedradas desde el punto de partida como mucho, y justo cuando ya se empieza a ver entre casas el color azul del mar Mediterráneo, hay que coger un calle que baja a mano derecha, también se puede bajar por unas escaleras. Allí, en seguida,  y debidamente indicado, daremos con uno de los cafés más famosos de la zona, el Café des Delices, un café que dispone de impolutas terrazas escalonadas donde relajarse tomando algo. No tuve la suerte de pagar la ronda en este sitio, pero estoy seguro que será un sitio caro si comparamos con el nivel medio de vida tunecino, es carne fresca para turistas, como yo, a veces. He de decir que el extraño café que me sacaron estaba malo a rabiar, muy fuerte y con mucho poso, no lo arregló  ni el exceso de azúcar. Eso sí, al César lo que es del César, porque tomarte algo, cómodamente sentado, al atardecer, y con semejantes vistas, difícil de pagar. Excelente sitio para conversar sobre viajes, donde además tuvimos la oportunidad de desvirtualizar y charlar con el gran viajero Juan Carlos Castresana, un placer. Daba la sensación de estar en Grecia o Ibiza, y mira que no he estado en ninguno de los dos sitios. Aunque es el café más conocido, estoy convencido de que en la zona hay más bares y terrazas, si no iguales, similares, y seguro que más económicos.

Entrada al famoso Café des Delices en Sidi Bou Said

Entrada al famoso Café des Delices en Sidi Bou Said

Terrazas 100% mediterráneas, idílicas, en Café des Delices, en Sidi Bou Said

Terrazas 100% mediterráneas, idílicas, en Café des Delices, en Sidi Bou Said

Si visitas Túnez, por primera vez, en plan turista, y quieres ver lo típico, Sidi Bou Said es una buena elección, y en 2-3 horas te has ventilado por completo esta bella localidad llena de contrastes, donde lo viejuno se mezcla con la luz del sol y de los colores. Eso sí, otra cosa es que te guste la fotografía y seas de los que te puedes pasar horas y horas retratando puertas y ventanas…, si ése es el caso, te costará escapar de uno de los mayores festivales de contrastes blanquiazules del mundo mundial. Estáis avisados…

Festival de puertas, cada cual más bonita, en Sidi Bou Said, Túnez

Festival de puertas, cada cual más bonita, en Sidi Bou Said, Túnez

Puertas azules resultonas, un clásico en Sidi Bou Said, Túnez

Puertas azules resultonas, un clásico en Sidi Bou Said, Túnez

Sidi Bou Said, un lugar que incita a la fotografía

Sidi Bou Said, un lugar que incita a la fotografía

Aunque ya lo era, tras visitar Sidi Bou Said, me queda claro que yo seré blanquiazul, txuri-urdin, forever and ever ¿y vosotros, os ha gustado el contraste de luz y colores de este pintoresco pueblo? Por cierto, ¿dónde decís que vivían los Pitufos? 😉

Información práctica:


Ver El Txoko de Lonifasiko – Sidi Bou Said en un mapa más grande

SaludoX!

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Castrillo de los Polvazares, un pueblo maragato anclado en el tiempo

A día de hoy ‘choca’ encontrarse con pueblos a cuyas calles principales el asfalto no ha llegado o no se le ha permitido, por diversas causas, llegar. Es más, quedarán muy pocos pueblos en toda España que no hayan sido ‘contaminados’ ya por esa materia gris destructora, aunque comunicadora, creada por el hombre y denominada comúnmente asfalto. En ciertos casos, parece mentira que en pleno siglo XXI haya pueblos todavía en ese estado, incomunicados a nivel de transporte; en cambio, haciendo la lectura inversa, alegra ver que existen casos excepcionales en los que el asfalto no es bienvenido, señal inequívoca de que se quiere conservar la esencia propia del lugar, su autenticidad. Es lo que ocurre con varios pueblos de la comarca de la Maragatería, en especial con Castrillo de los Polvazares, uno de los estandartes turísticos de esta entrañable comarca leonesa que atraviesa el Camino de Santiago, gastronómicamente muy conocida y apreciada por su estupendo cocido maragato.

Castrillo de los Polvazares es un pueblo en el que simplemente su entrada y los primeros pasos que das ya te dicen y te cuentan algo, las calles te susurran y te invitan a adentrarte en la magia de tiempos pasados.

Entrada principal a Castrillo de los Polvazares

Entrada principal a Castrillo de los Polvazares

Sí, en efecto, por sus calles empedradas circula algún que otro coche; la modernidad, impulsada por el turismo, también ha llegado aquí; de todas formas, para la gente que viene de visita, lo mejor es dejar el coche fuera del municipio y recinto empedrado, en un aparcamiento gratuito situado justo antes del puente que salva un pequeño riachuelo. Desde allí, sólo queda afrontar la ligera cuesta empedrada que ya nos empieza a sumergir en una esplendorosa época pasada.

Estamos hablando de un pueblo pequeño, donde en la actualidad viven menos de cien habitantes, un pueblo que al igual que su vecina Murias de Rechivaldo, pertenece administrativamente a Astorga, de la que dista apenas cinco kilómetros. Kilómetros que unen un pasado maragato similar, pero que separan a una ciudad que combina tradición y modernidad, estratégicamente situada y correctamente reinventada y explotada gracias al turismo del Camino de Santiago, de un pueblo que permanece ahí, anclado en el tiempo.

Carro en las empedradas calles de Castrillo de los Polvazares

Carro en las empedradas calles de Castrillo de los Polvazares

Calle principal de Castrillo de los Polvazares

Calle principal de Castrillo de los Polvazares

La arquitectura maragata tiene en este pueblo más influencia y evidencia que en ningún otro. Bajo su guión, las reviradas y desiguales calles empedradas se empeñan en esconder y dar cobijo a las casas arrieras que se atreven a desafiar el frío clima que se respira por estos lares durante gran parte del año; no olvidemos que estamos a más de ochocientos metros de altitud, lo que conlleva que el invierno en esta zona sea duro no, lo siguiente. La arquitectura maragata y las casas arrieras de la localidad se caracterizan por sus gruesos muros de piedra, con ventanas y balcones que resaltan siempre sobre las fachadas, y por supuesto, por sus amplias puertas y entradas; algunas de forma rectangular, otras en forma de arco, pero siempre sabiamente habilitadas para el paso de carros y carretas donde los arrieros maragatos transportaban todo tipo de géneros.

Casas de arquitectura maragata en Castrillo de los Polvazares

Casas de arquitectura maragata en Castrillo de los Polvazares

No todas las entradas a las casas maragatas tienen forma de arco

Puerta de casa arriera que llama la atención

Y es que esta comarca tuvo un pasado mercantil muy fructífero hasta el siglo XIX, ya que era sitio estratégico de paso para muchas de las actividades de comercio y trueque que se realizaban durante esa época con otras zonas de la península. De ese pasado, con las debidas restauraciones de casas y calles, y gracias en gran parte a la declaración de Conjunto Histórico-Artístico de la localidad, el pueblo conserva esa magia del pasado, que ciertamente renovada y bien explotada, engancha a peregrinos y turistas por igual.

Calle transversal y secundaria de Castrillo de los Polvazares

Calle transversal y secundaria de Castrillo de los Polvazares

Escudo en la fachada de una casa maragata

Escudo en la fachada de una casa de arquitectura maragata

Bien resguardada y arropada por el caserío, pero como no podía ser de otra manera, destacando en altura sobre el resto de construcciones de pueblo, encontramos la iglesia en honor a San Juan Bautista, que sigue, a rajatabla, los patrones de construcción del resto de iglesias de la comarca, con esa alta fachada de piedra que casi siempre se culmina y decora con doble campanario.

Iglesia de Castrillo de los Polvazares

Iglesia de Castrillo de los Polvazares

Es un pueblo pequeño y muy manejable, poco accesible por circunstancia obvias, en el que perderse, por mucho que lo intentes, no es tarea fácil; lo que sí es sencillo es dejar volar tu imaginación mientras paseas y disparar infinidad de fotografías; todas las calles y casas de Castrillo de los Polvazares tienen el mismo aire maragato sí, eso es incontestable, pero a su vez, todas y cada una de ellas, tiene algo, un halo especial y diferente las envuelve.

 A pesar de estar ciertamente resguardado, es un pueblo en el que hace mucho viento y frío, frío de ése que se te mete hasta los huesos, por lo que no está de más ir siempre bien abrigado, sobre todo en invierno, época en la que esta zona también recibe abundantes nevadas. El atardecer es un buen momento para pasear por Castrillo de los Polvazares, lleno de misteriosas luces y sombras que varían en cada rincón del pueblo, pero incluso en días lluviosos o grises, las calles y casas de este pueblo brillan, tienen sin duda su propia luz, ¿la luz maragata?

Castrillo se llena de luces y sombras al atardecer

Castrillo se llena de luces y sombras al atardecer

Como información adicional, comentar que el pueblo dispone de varias tiendas de artesanía, al menos un alojamiento donde dormir y de varios bares y restaurantes donde degustar la típica cocina de la zona, con el archiconocido cocido maragato como plato estrella. Nosotros visitamos el pueblo a última hora de la tarde, una Semana Santa, hacía mucho frío, y sinceramente, no había demasiada ‘vidilla’ en el pueblo. Para ser lo conocido que es el pueblo, pensaba que iba a estar turísticamente más explotado con multitud de tiendas, bares y restaurantes, pero no me dio esa impresión el día que lo visitamos, lo que no garantiza nada en absoluto. ¿Qué os ha parecido este pueblo maragato, os gustan este tipo de sitios que parecen anclados en el tiempo?

SaludoX!

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Labastida, puerta de entrada histórica a la Rioja Alavesa

Hay pueblos en los que según empiezas a caminar por sus calles, te embriaga un halo  de historia y encanto especial que no te los puedes quitar de encima en toda la visita. Por como soy, a mí me ocurre en demasiadas (¿?) ocasiones, pero hay veces en las que me gusta sobremanera, porque hace que mi mente trabaje y vaya atrás en el tiempo, interesándome por el pasado y legado histórico de un pueblo. Si llego a ese punto, eso es una señal inequívoca de que ese pueblo me ha ‘enganchado’, ese pueblo ya tiene un hueco de oro en mi maltrecha masa gris.

Y efectivamente, como podréis imaginar por esta entrada, la villa de Labastida (Bastida en euskera), puerta de entrada a la Rioja Alavesa por el Este, es una de ésas que se ha ganado a pulso su ‘txoko’. Por mi conexión riojana que muchos conocéis y que saldrá a relucir también por aquí, es un pueblo en el que había estado bastantes veces, sin embargo, admito sin sonrojarme que no conocía muchos detalles de la verdadera Labastida.

Me di cuenta de este punto según comencé a caminar por la calle Frontín, un buen punto para empezar a recorrer el casco histórico de la villa. En ligero ascenso hacia la Plaza de la Paz, centro neurálgico del pueblo, el viajero ya percibe la importancia que tuvo, ha tenido y tiene esta villa de origen medieval. No hay casa ni esquina que no tenga algún detalle que llame la atención del viajero: imágenes religiosas en fachadas, casas con enormes y gruesos muros de piedra, puertas decoradas, balcones y ventanas de hierro forjado,  y por supuesto, escudos heráldicos en aquellas casas de familias que en su época, supongo, fueron importantes.

Escudo heráldico en la calle Frontín

Escudo heráldico en la calle Frontín

Tras recrearnos la vista y disparar ya de entrada más fotos de las esperadas, esta calle histórica nos conduce a la explanada donde se sitúa la citada plaza, sede del actual ayuntamiento, pero donde destaca, sobremanera, la impresionante Casa Palacio de los Salazar, donde vivió Don Manuel Quintano.

Casa Palacio de los Salazar, residencia de Don Manuel Quintano

Casa Palacio de los Salazar, residencia de Don Manuel Quintano

La historia de este peculiar personaje bien merece una explicación: Este señor, mitad cura, mitad hombre de negocios, fue quien trajo a estas tierras vitivinícolas los métodos bordeleses para la crianza del vino, ya que el vino que se producía por estas tierras en el siglo XVIII no era de muy buena calidad. Le consideraron un loco, y tuvo bastantes rifi-rafes con otros productores de vino de la zona, que no quisieron ver, por temas económicos, las bondades de dichos métodos, y así, Manuel, murió sin demasiado reconocimiento. En cambio, con el tiempo, sus innovadores métodos y consejos empezaron a aplicarse por sus descendientes y creyentes, que alguno había, y este cambio radical tuvo éxito, hasta tal punto, que hoy en día, es considerado como el revolucionario precursor de la óptima crianza del vino, no sólo en la Rioja Alavesa y La Rioja, sino a nivel de España, tela marinera. Por ello, más que un loco, yo diría que este señor fue un visionario, un adelantado para su época, desde aquí mi pequeño homenaje, ¡gracias Manuel! Por cierto, actualmente una bodega de Labastida produce un vino de alta expresión en homenaje a este crack de la época, muy-muy recomendable. Más info, aquí.

Tras la historieta de turno, volvamos a la plaza, donde es imposible no girar la cabeza y encontrarse de bruces con el monumento histórico quizás más importante de Labastida, la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. Por fuera ya llama la atención, sobre todo por sus dimensiones inesperadas, pero es en el interior donde esta iglesia alberga sus joyas, con un retablo mayor de estilo barroco impresionante, y una llamativa bóveda, llena de pinturas celestiales.

Retablo barroco de la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción

Retablo barroco de la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción

Bóveda de la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción

Bóveda de la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción

Asombrados todavía por su interior, salimos y ascendemos en pronunciada pendiente hacia la Plaza del Olmo. Merece la pena girarse a medio camino de esta subida y contemplar la fachada de la torre de más de 50 metros que vigila nuestro lento ascenso. Si cuando se construyó esta torre buscaban darle a la iglesia un aire celestial, de referencia, de dominación, creo que lo consiguieron.

Torre de la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción

Torre de la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción

Descansamos en la coqueta y religiosa Plaza del Olmo, desde donde ya vemos la importante barrera rocosa del monte Toloño, y se sigue subiendo hasta el promontorio conocido como Cerro de la Mota, donde se alza la Ermita del Santo Cristo. En realidad es una iglesia fortaleza fundada por Sancho el Sabio en el siglo XII, de estilo románico y algo de gótico. Tiene mucha importancia histórica, ya que en sus inmediaciones estuvieron los primeros asentamientos poblacionales de Labastida, núcleo que luego se fue expandiendo ladera abajo, al abrigo del cerro.

Ermita del Santo Cristo

Ermita del Santo Cristo

Esta ermita tiene la peculiaridad de que bajo su subsuelo, durante unas obras de restauración, se descubrieron multitud de tumbas y restos, un hecho más habitual de lo que pensamos en muchas iglesias y  monumentos religiosos. Y a día de hoy, dichos trabajos de restauración han permitido que el visitante, a través de un panel transparente, pueda caminar sobre dichas tumbas. Da un poco de yuyu, pero en el fondo, y en la superficie, ¡mooola!

Significar que es una ermita que habitualmente está cerrada, por los amigos de lo ajeno y tal, por lo que su grandiosa puerta sólo se abre para visitas guiadas y autorizadas, sólo puedo decir que se abre con una llave muy curiosa, una llave ‘de las de antes’ ;-).

Detalles de la entrada y puerta de la Ermita del Santo Cristo

Detalles de la entrada y puerta de la Ermita del Santo Cristo

Eso sí, si con algo me quedo de esta ermita, es con sus vistas, ya que la explanada del cerro ejerce de excelente mirador del pueblo de Labastida, parte de la Rioja Alavesa y tierras riojanas en general. Siempre impresiona ver este valle tan fértil que se extienda desde la Sierra Cantabria y los Montes Obarenes hasta la Sierra de la Demanda, con San Lorenzo cómo punto omnipresente allá en el lejano pero a la vez cercano horizonte.

Panorámica desde la Ermita del Santo Cristo

Panorámica desde la Ermita del Santo Cristo

Eso hacia el sur, y para los curiosos y norteños, bordead la ermita por cualquiera de sus lados; la estampa de los viñedos al amparo del monte Toloño, sea la estación que sea, no tiene precio.

Toloño desde la Ermita del Santo Cristo

Toloño desde la Ermita del Santo Cristo

Con la vista saciada de viñedos, descendemos y proseguimos nuestro recorrido por un pequeño camino que sale a mano izquierda de la bajada de la ermita. Entre árboles y vegetación, llegamos a otra especie de mirador que tiene un banco, pero no un banco cualquiera, un banco de ésos que pone “Siéntate, relájate y disfruta”. Desde allí, el camino desciende ya entre escaleras, escudos en fachadas y casas de pueblo con multitud de detalles ornamentales y florales, todas tienen algo especial, da gusto caminar por este barrio.

Detalle entrada de casa en el barrio alto de Labastida

Detalle entrada de casa en el barrio alto de Labastida

Y justo antes del último tramo de bajada, se pasa por los restos del Lagar de la Mota, un antiguo lagar donde se producía vino, otro detalle que nos transporta a un pasado, ojo, no tan lejano, aunque difícil de imaginar a día de hoy.

Finalmente, por una antiguas escaleras salimos al otro lateral de la iglesia de la Asunción, al amparo de su vertical fachada y aristas bien protegidas.

Detalle gárgola de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción

Detalle gárgola de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción

Dejamos a un lado la Plaza de la Paz y completamos la visita bajando por la estrecha calle Mayor de la localidad, otro área de interés histórico que merece toda nuestra atención. Su nombre da a entender que fue y es la arteria principal de la villa, pero es que en seguida, las casas solariegas, palacetes, blasones y escudos que se pueden ver a izquierda y derecha lo corroboran, es la calle Mayor, con ‘M’ mayúscula.

Casa solariega en la Calle Mayor de Labastida

Casa solariega en la Calle Mayor de Labastida

En ella habitan pequeñas joyas que fueron construidas en la época de bonanza de la villa, por familias nobles burgalesas muchas de ellas, cada una con su propia seña de identidad. Hoy en día, tras los obligados procesos de restauración, algunos privilegiados tienen la suerte de habitar en estas casas con tanta historia, ¡qué envidia! En una de ellas situada a mano izquierda, con entrada de piedra y un patio interior muy chulo, está documentado que pernoctó el mismísimo Napoléon Bonaparte. Fue durante la época en la que las tropas napoleónicas ocuparon esta zona, entre otras muchas; se sabe que durmió dos noches, aunque conociendo cómo se las gastaba este tipo, no me extraña que fueran sólo dos, seguro que tenía prisa por ir a dar órdenes a su ejército para conquistar y arrasar tierras vecinas, era su gran afición, qué le vamos a hacer.

Caserón donde la leyenda cuenta que durmió Napoléon Bonaparte

Caserón donde la leyenda cuenta que durmió Napoléon Bonaparte

Y con este recorrido por el último tramo histórico de la calle Mayor termina nuestra visita particular a Labastida, una villa medieval que esconde, como habéis podido ver, muchos tesoros históricos y arquitectónicos, una villa en la que se respira un halo continuo de historia y leyenda, eso sí, de aire muy señorial.

A pesar de que no soy muy amigo de las visitas guiadas y me gusta perderme a mi aire, en esta ocasión hicimos este recorrido acompañados, con una excelente guía que nos hizo el recorrido super ameno y nos metió a todos el gusanillo histórico que encierra Labastida, eskerrik asko Carol!

Por último, apenas he hablado de vino y enoturismo, pero estando en la puerta de entrada a la Rioja Alavesa, región vitivinícola donde las haya, qué menos que completar esta  excursión histórico-cultural con una visita a una bodega de la zona. Si no os apetece moveros, en Labastida mismo hay muchas opciones, podéis echar un vistazo y elegir la bodega que más os guste en este link.

SaludoX!

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