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Castrillo de los Polvazares, un pueblo maragato anclado en el tiempo

A día de hoy ‘choca’ encontrarse con pueblos a cuyas calles principales el asfalto no ha llegado o no se le ha permitido, por diversas causas, llegar. Es más, quedarán muy pocos pueblos en toda España que no hayan sido ‘contaminados’ ya por esa materia gris destructora, aunque comunicadora, creada por el hombre y denominada comúnmente asfalto. En ciertos casos, parece mentira que en pleno siglo XXI haya pueblos todavía en ese estado, incomunicados a nivel de transporte; en cambio, haciendo la lectura inversa, alegra ver que existen casos excepcionales en los que el asfalto no es bienvenido, señal inequívoca de que se quiere conservar la esencia propia del lugar, su autenticidad. Es lo que ocurre con varios pueblos de la comarca de la Maragatería, en especial con Castrillo de los Polvazares, uno de los estandartes turísticos de esta entrañable comarca leonesa que atraviesa el Camino de Santiago, gastronómicamente muy conocida y apreciada por su estupendo cocido maragato.

Castrillo de los Polvazares es un pueblo en el que simplemente su entrada y los primeros pasos que das ya te dicen y te cuentan algo, las calles te susurran y te invitan a adentrarte en la magia de tiempos pasados.

Entrada principal a Castrillo de los Polvazares

Entrada principal a Castrillo de los Polvazares

Sí, en efecto, por sus calles empedradas circula algún que otro coche; la modernidad, impulsada por el turismo, también ha llegado aquí; de todas formas, para la gente que viene de visita, lo mejor es dejar el coche fuera del municipio y recinto empedrado, en un aparcamiento gratuito situado justo antes del puente que salva un pequeño riachuelo. Desde allí, sólo queda afrontar la ligera cuesta empedrada que ya nos empieza a sumergir en una esplendorosa época pasada.

Estamos hablando de un pueblo pequeño, donde en la actualidad viven menos de cien habitantes, un pueblo que al igual que su vecina Murias de Rechivaldo, pertenece administrativamente a Astorga, de la que dista apenas cinco kilómetros. Kilómetros que unen un pasado maragato similar, pero que separan a una ciudad que combina tradición y modernidad, estratégicamente situada y correctamente reinventada y explotada gracias al turismo del Camino de Santiago, de un pueblo que permanece ahí, anclado en el tiempo.

Carro en las empedradas calles de Castrillo de los Polvazares

Carro en las empedradas calles de Castrillo de los Polvazares

Calle principal de Castrillo de los Polvazares

Calle principal de Castrillo de los Polvazares

La arquitectura maragata tiene en este pueblo más influencia y evidencia que en ningún otro. Bajo su guión, las reviradas y desiguales calles empedradas se empeñan en esconder y dar cobijo a las casas arrieras que se atreven a desafiar el frío clima que se respira por estos lares durante gran parte del año; no olvidemos que estamos a más de ochocientos metros de altitud, lo que conlleva que el invierno en esta zona sea duro no, lo siguiente. La arquitectura maragata y las casas arrieras de la localidad se caracterizan por sus gruesos muros de piedra, con ventanas y balcones que resaltan siempre sobre las fachadas, y por supuesto, por sus amplias puertas y entradas; algunas de forma rectangular, otras en forma de arco, pero siempre sabiamente habilitadas para el paso de carros y carretas donde los arrieros maragatos transportaban todo tipo de géneros.

Casas de arquitectura maragata en Castrillo de los Polvazares

Casas de arquitectura maragata en Castrillo de los Polvazares

No todas las entradas a las casas maragatas tienen forma de arco

Puerta de casa arriera que llama la atención

Y es que esta comarca tuvo un pasado mercantil muy fructífero hasta el siglo XIX, ya que era sitio estratégico de paso para muchas de las actividades de comercio y trueque que se realizaban durante esa época con otras zonas de la península. De ese pasado, con las debidas restauraciones de casas y calles, y gracias en gran parte a la declaración de Conjunto Histórico-Artístico de la localidad, el pueblo conserva esa magia del pasado, que ciertamente renovada y bien explotada, engancha a peregrinos y turistas por igual.

Calle transversal y secundaria de Castrillo de los Polvazares

Calle transversal y secundaria de Castrillo de los Polvazares

Escudo en la fachada de una casa maragata

Escudo en la fachada de una casa de arquitectura maragata

Bien resguardada y arropada por el caserío, pero como no podía ser de otra manera, destacando en altura sobre el resto de construcciones de pueblo, encontramos la iglesia en honor a San Juan Bautista, que sigue, a rajatabla, los patrones de construcción del resto de iglesias de la comarca, con esa alta fachada de piedra que casi siempre se culmina y decora con doble campanario.

Iglesia de Castrillo de los Polvazares

Iglesia de Castrillo de los Polvazares

Es un pueblo pequeño y muy manejable, poco accesible por circunstancia obvias, en el que perderse, por mucho que lo intentes, no es tarea fácil; lo que sí es sencillo es dejar volar tu imaginación mientras paseas y disparar infinidad de fotografías; todas las calles y casas de Castrillo de los Polvazares tienen el mismo aire maragato sí, eso es incontestable, pero a su vez, todas y cada una de ellas, tiene algo, un halo especial y diferente las envuelve.

 A pesar de estar ciertamente resguardado, es un pueblo en el que hace mucho viento y frío, frío de ése que se te mete hasta los huesos, por lo que no está de más ir siempre bien abrigado, sobre todo en invierno, época en la que esta zona también recibe abundantes nevadas. El atardecer es un buen momento para pasear por Castrillo de los Polvazares, lleno de misteriosas luces y sombras que varían en cada rincón del pueblo, pero incluso en días lluviosos o grises, las calles y casas de este pueblo brillan, tienen sin duda su propia luz, ¿la luz maragata?

Castrillo se llena de luces y sombras al atardecer

Castrillo se llena de luces y sombras al atardecer

Como información adicional, comentar que el pueblo dispone de varias tiendas de artesanía, al menos un alojamiento donde dormir y de varios bares y restaurantes donde degustar la típica cocina de la zona, con el archiconocido cocido maragato como plato estrella. Nosotros visitamos el pueblo a última hora de la tarde, una Semana Santa, hacía mucho frío, y sinceramente, no había demasiada ‘vidilla’ en el pueblo. Para ser lo conocido que es el pueblo, pensaba que iba a estar turísticamente más explotado con multitud de tiendas, bares y restaurantes, pero no me dio esa impresión el día que lo visitamos, lo que no garantiza nada en absoluto. ¿Qué os ha parecido este pueblo maragato, os gustan este tipo de sitios que parecen anclados en el tiempo?

SaludoX!

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